(El amor) En primer lugar, se lo confunde fácilmente con la experiencia
explosiva de «enamorarse», el súbito derrumbe de las barreras que
existían hasta ese momento entre dos desconocidos. Pero, como
señalamos antes, tal experiencia de repentina intimidad es, por su
misma naturaleza, de corta duración. Cuando el desconocido se ha
convertido en una persona íntimamente conocida, ya no hay más
barreras que superar, ningún súbito acercamiento que lograr. Se llega
a conocer a la persona «amada» tan bien como a uno mismo. O,
quizá, sería mejor decir tan poco. Si la experiencia de la otra persona
fuera más profunda, si se pudiera experimentar la infinitud de su
personalidad, nunca nos resultaría tan familiar -y el milagro de salvar
las barreras podría renovarse a diario-. Pero para la mayoría de la
gente, su propia persona, tanto como las otras, resulta rápidamente
explorada y agotada. Para ellos, la intimidad se establece
principalmente a través del contacto sexual. Puesto que
experimentan la separatidad de la otra persona fundamentalmente
como separatidad física, la unión física significa superar la
separatidad.
Existen, además, otros factores que para mucha gente significan una
superación de la separatidad. Hablar de la propia vida, de las
esperanzas y angustias, mostrar los propios aspectos infantiles,
establecer un interés común frente al mundo =se consideran formas
de salvar la separatidad-. Aun la exhibición de enojo, odio, de la
absoluta falta de inhibición, se consideran pruebas de intimidad, y ello
puede explicar la atracción pervertida que sienten los integrantes de
muchos matrimonios que sólo parecen íntimos cuando están en la
cama o cuando dan rienda suelta a su odio y a su rabia recíprocos.
Pero la intimidad de este tipo tiende a disminuir cada vez más a
medida que transcurre el tiempo. El resultado es que se trata de
encontrar amor en la relación con otra persona, con un nuevo desconocido.
Este se transforma nuevamente en una persona «íntima», la
experiencia de enamorarse vuelve a ser estimulante e intensa, para
tornarse otra vez menos y menos intensa, y concluye en el deseo de
una nueva conquista, un nuevo amor -siempre con la ilusión de que el
nuevo amor será distinto de los anteriores-. El carácter engañoso del
deseo sexual contribuye al mantenimiento de tales ilusiones.
El deseo sexual tiende a la fusión -y no es en modo alguno sólo un
apetito físico, el alivio de una tensión penosa-. Pero el deseo sexual
puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de
conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir
y aun de destruir, tanto como por el amor. Parecería que cualquier
emoción intensa, el amor entre otras, puede estimular y fundirse con
el deseo sexual. Como la mayoría de la gente une el deseo sexual a
la idea del amor, con facilidad incurre en el error de creer que se ama
cuando se desea físicamente. El amor puede inspirar el deseo de la
unión sexual; en tal caso, la relación física hállase libre de avidez, del
deseo de conquistar o ser conquistado, pero está fundido con la
ternura. Si el deseo de unión física no está estimulado por el amor, si
el amor erótico no es a la vez fraterno, jamás conduce a la unión
salvo en un sentido orgiástico y transitorio. La atracción sexual crea,
por un momento, la ilusión de la unión, pero, sin amor, tal «unión»
deja a los desconocidos tan separados como antes -a veces los hace
avergonzarse el uno del otro, o aun odiarse recíprocamente, porque,
cuando la ilusión se desvanece, sienten su separación más
agudamente que antes- .
El arte de amar - Erich Fromm
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