El deleite irrefutable de simplemente fantasear con el anhelado momento de arrojarse debajo de la ducha de agua caliente a las 12 de la noche apenas llegados de la fría y pegajosa calle al finalizar un largo día. De envolverse en una amplia toalla tibia, caminar hasta la estufa y ahí mismo enfundarse en ese pijama viejo y cómodo que se amolda a nuestro cuerpo tan perfectamente después de tantas noches compartidas...
El abismo de consternación y angustia que se abre ante uno al correr la cortina y percatarse de la catástrofe que significa habernos olvidado de agarrar una toalla.
El cruel martirio de diez segundos de correr en bolas tiritando y chorreando agua hasta el lavadero para buscarla. Es el peor sufrimiento que puede padecer un ser humano. Eso y quizás perder un hijo.
Pero lo del hijo no estoy tan segura.
El abismo de consternación y angustia que se abre ante uno al correr la cortina y percatarse de la catástrofe que significa habernos olvidado de agarrar una toalla.
El cruel martirio de diez segundos de correr en bolas tiritando y chorreando agua hasta el lavadero para buscarla. Es el peor sufrimiento que puede padecer un ser humano. Eso y quizás perder un hijo.
Pero lo del hijo no estoy tan segura.
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