[...- ¿Quién era? - le preguntó. Karel respondió que una compañera de trabajo de una ciudad vecina que vendría la semana próxima porque tenía algo que tratar con él. A partir de ese momento Marketa no volvió a hablar.
¿Era tan celosa?
Hace años, en la primera etapa de su relación amorosa, sin duda lo era. Pero los años pasaron y lo que siente como celos ya no es probablemente más que costumbre.
Digámoslo de otro modo: toda relación amorosa se basa en una serie de convenios que, sin escribirlos, los amantes establecen imprudentemente durante las primeras semanas de amor. Están todavía como en sueños, pero al mismo tiempo redactan como abogados implacables las cláusulas detalladas del contrato. ¡Oh amantes, sed cautelosos durante esos peligrosos primeros días! ¡Si lleváis al otro el desayuno a la cama os veréis obligados a hacerlo siempre, a menos que queráis ser acusados de desamor y traición!
En las primeras semanas quedó decidido entre Karel y Marketa que Karel iba a ser infiel y que Marketa se resignaría a soportarlo, pero en cambio Marketa tendría derecho a ser la mejor y Karel se sentiría culpable delante de ella. Nadie sabía mejor que Marketa lo triste que es ser el mejor. Era la mejor sólo porque no le quedaba otra posibilidad.
Por supuesto que Marketa en el fondo sabía que aquella conversación telefónica era en sí misma algo sin importancia. Pero no se trataba de lo que era, sino de lo que representaba. Contenía en elocuente abreviatura toda la situación de su vida: todo lo hace solo por Karel y para Karel. Se ocupa de su mamá. Le presenta a su mejor amiga. Se la regala. Para que esté satisfecho. ¿Y por qué hace todo eso? ¿Por qué se esfuerza? ¿Por qué empuja como Sísifo la piedra hacia la cima de la montaña? Haga lo que haga, Karel está como ausente. Arregla una cita con otra mujer y se le escapa siempre.
Cuando iba al colegio era ingobernable, inquieta y casi demasiado llena de vida. El viejo profesor de matemáticas solía meterse con ella:
- A usted, Marketa, no hay quién la vigile. Al que sea su marido lo compadezco.
Ella sonreía satisfecha, aquellas palabras le sonaban como un presagio feliz. Y luego de repente, sin darse cuenta, se encontró jugando otro papel, en contra de sus expectativas, en contra de su voluntad y de su gusto. Y todo por no prestar atención durante esa semana cuando, sin saberlo, cerraba el contrato.
Ya no le gustaba ser siempre la mejor. Todos los años de su matrimonio le cayeron encima como un pesado saco...]
MILAN KUNDERA - El libro de la risa y el olvido
1 comentario:
Pase a buscar su premio, señorita. Besos!
Fucs
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