martes, 11 de diciembre de 2007

Es triste

"Es triste. Es realmente triste la escena: una chica acostada en el suelo, en el medio una habitación iluminada sólo por la luz de un monitor, abrazada a un almohadón, llora. Casi no ve, tiene los ojos hinchados, le da lástima su propia imagen y eso la hace llorar más. Se convulsiona, no puede respirar por la nariz por los mocos que ya le chorrean y mojan el almohadón junto con las lágrimas y ni siquiera eso le importa… a ella que es tan pulcra, tan condenadamente obsesiva con la limpieza… Abre la boca, se tensiona, grita… en silencio. Es un grito mudo. No puede gritar de verdad, porque la escucharía su abuela que está mirando la televisión en la habitación de al lado y le preguntaría que le pasa y se preocuparía. No, la abuela no puede enterarse que ella está así. Nadie de la familia la vio así nunca, más que la madre en múltiples ocasiones y provocadas por ella misma [...]... Pero nadie más. Y ninguna otra persona de la familia la va a ver así, nunca. Ella es la nieta ejemplar, la que siempre sacó buenas notas, la responsable, la que salió cuerda de un hogar de locos, y es fuerte. Recuerda y llora en silencio. Se convulsiona en silencio.
Suena nuevamente el celular, hace unos minutos sonó mientras estaba hablando por teléfono (o debería decir llorando por teléfono) y lo estampó contra la pared. Ahora en un segundo calcula y analiza las probabilidades: es la otra abuela, si vuelve a ignorarla va a llamar a la casa y va a atender la abuela de la habitación de al lado y cuando le pase la llamada va a percatarse de su voz llorosa y congestionada. Mejor no. Mejor atenderla y tratar de disimular un poco. Hola, cómo estás? Hola, nena, tesorito, te llamé hace un rato pero no se que pasa que me atiende directamente el contestador… Ah, es porque estaba hablando por teléfono. Ah… claro… yo te quería preguntar, vos me vas a acompañar mañana a cobrar la jubilación? Sí, abuela, es la décima vez en el día que me llamás, y te dije que sí, mañana a la mañana te llamo, para hacerte acordar y después te paso a buscar y vamos. Bueno, nena pero no me trates así, vos sabes que estoy vieja y me olvido de las cosas…! Si, abuela, pero por eso te digo, deja que yo me encargo, mañana te paso a buscar y vamos. Bueno, gracias tesorito, sos tan buena y tan responsable… estás resfriada vos, no? Si, estoy resfriada, tomé un poco de frío… Ah… estás muy enferma…? No, abuela…! No, estoy bien, un poquito resfriada pero nada más, no te preocupes, mañana yo te llamo. Bueno, nena, hasta mañana. Hasta mañana abuela. Vuelve a reposar su cabeza sobre el almohadón mojado, boca abajo acostada sobre el suelo… y el celular resbala de la mano. De nuevo su vista está nublada, el esfuerzo de la simulación le costó, pero es algo casi cotidiano.
Hace unos veinte minutos se retorcía en espasmos de llanto, se tensionaba, se apretaba, se arrancaba los pelos, se rasguñaba los brazos, la panza… se daba la cabeza contra la pared, se mordía los labios hasta hacerlos sangrar. Caída en el piso porque ya no se podía mantener en la silla, los ojos se le habían hinchado tanto que casi no veía y no paraban de brotar las lágrimas, se arrastró hasta el pequeño espacio debajo del escritorio entre los cables y ahí se quedó abrazándose, rasguñándose y llorando en silencio. Como un animal. Como una loca. Previo a esto había mandado algunos mensajes de texto a alguien diciéndole que no aguantaba más la situación, que no quería estar más así. Supone que lo que escribió no tenía el mismo dramatismo que tenía para ella en ese momento. En los mensajes no le dijo que estaba analizando todas las formas en que podía morirse, que se odiaba, que nunca se iba a curar, que nunca iba a poder tener una vida normal, que nunca iba a sentirse satisfecha y que toda su vida iba a estar conociendo gente haciéndose dependiente al extremo, arruinando las relaciones, jodiendo a la otra persona, enfermándoles la cabeza hasta que el otro se hartara y volviera a dejarla sola… como siempre. Porque es obvio que nadie podría bancarse estar con alguien tan ciclotímica. No había solución. Tenía que morirse. Nunca iba a estar bien, nada de lo que hiciera la iba a hacer sentirse satisfecha, nada de lo que alguien más pudiera hacer por ella iba a llenar ese vacío...
Estaba enferma, irremediablemente predestinada a sufrir de la peor manera: no por carencia de cosas materiales, de dinero, no por hambre, no por un sufrimiento físico, no por falta de buenas cualidades, de buenas aptitudes para diversas cosas, ni falta de inteligencia, ni de perseverancia, ni dificultad para relacionarse con la gente, ni ausencia de una familia… nada de eso; estaba predestinada a sufrir por tener un espíritu pobre, por tener un hueco en el alma que nadie sabe quién puso alguna vez ahí y que no puede colmarse con absolutamente nada. No hay manera de arreglar un hueco del alma. Hay formas de emparcharlo momentáneamente, pero los parches son descartables, y son como las drogas, cada vez hacen menos efecto. Así que no había otra forma, tenía que morirse… Pero en el fondo pensaba (porque además tiene la capacidad de tener simultáneamente varias cadenas de razonamientos en una décima de segundo) que no lo iba a hacer, que no era capaz, que sus estados de ánimo, por más extremos que sean, no duran lo suficiente como para tomar la decisión y mantenerla y llevarla a cabo… Ni siquiera eso puede hacer bien, ni siquiera puede llorar del todo, ni siquiera alguien puede ver lo mal que está porque al cabo de un rato se distrae y todo vuelve de a poco a la “normalidad”. Un llamado por teléfono diciéndole que no esté mal, que va a llegar más tarde pero va a llegar… y se tranquiliza un poco.
Y acepta, sabiendo que es sólo un soborno al estómago insaciable del agujero negro en su alma, sabe que no va a durar nada, sabe que el otro comienza a cansarse, sabe que se acerca otro fin, que van a volver a dejarla, que el hueco va a ser mayor que nunca… pero no puede evitarlo. No puede evitar llevar las cosas al extremo. Se tranquiliza y se acuesta sobre el almohadón verde mojado, lo moja más, pero ahora sin espasmos.
Ahí es cuando suena el celular. Habla. Corta. Vuelve a reposar su cabeza sobre el almohadón mojado, boca abajo acostada sobre el suelo… y el celular resbala de la mano. Llora un rato más en silencio, pero parece que las lágrimas ya no quieren salir, ahora puede abrir los ojos con un poco más de facilidad. Piensa en que faltó a su clase de teatro, piensa que mañana va a tener la cara demasiado hinchada para ir a la entrevista en la nueva agencia, tendrá que inventar alguna excusa y postergarla, piensa que sus cuerdas vocales van a estar demasiado resentidas mañana como para ensayar bien. No, nunca va a poder hacer las cosas con normalidad, como deberían hacerse. Se mira al espejo en la oscuridad sólo interrumpida por el fulgor del monitor. Observa las rayas rojas en la panza, en los brazos, se mira los ojos hinchados. Se mira… Debería morirse. Pero no va a hacerlo. Parece un cuento de Kafka, una persona condenada a sufrir y a olvidarse y a volver a sufrir. Parece la vida en definitiva.
De a poco se incorpora, logra sentarse en la silla frente a la computadora y comienza a escribir un pedacito de su historia."